Mi definición de Estado (I): Introducción

diciembre 13, 2013 10:17 am1 commentViews: 248

Sheij Umar Ibrahim Vadillo

Un asaltante de caminos salta desde detrás de un árbol, espada en mano, y se enfrenta a un caballero bien vestido:

— ¡Dame tu dinero! —grita el ladrón.
—¡Idiota! ¡Soy el alcalde! —replica la víctima

El ladrón baja su espada y saca la mano:

—¡Dame MI dinero!

La buena poesía, como el humor, le da a las palabras nuevos significados. La poesía debería causar introspección, forzando a ver los asuntos y los problemas desde una nueva perspectiva. Esto es importante, puesto que la mayoría de nosotros absorbe, sin crítica alguna y subconscientemente, los valores políticos y morales de padres y amigos, de la escuela y los medios.

Como tal, la poesía puede desorientar profundamente, e, igualmente, amenazar los frágiles conceptos de uno mismo. Ver el mundo a través de una nueva lente requiere un periodo de ajustes inquietantes. Para ser efectivo, pues, un poeta debe mantener a su audiencia en vilo, dejándola conmocionada. Inducir la comodidad es la más enfática antítesis de los fines de la buena poesía.

Lo que estamos señalando simplemente es que no podemos otorgar validez a una palabra sólo porque nos sintamos cómodos con ella. El valor de una palabra reside en que te ayuda a discernir, a discriminar, a identificar.

En nuestro caso, una buena definición de Estado debería darnos entendimiento acerca de esta institución y, por extensión, de nuestra sociedad. Debería ayudarnos a actuar. Y, puesto que somos musulmanes, esto implica entendimiento desde una perspectiva islámica, y actuar significa actuar fisabilillah.

Es con esta luz con la que valoro la necesidad de crear una nueva definición del Estado. Queramos o no, nuestros valores culturales e históricos están enraizados en el lenguaje. Cuando desafiamos el lenguaje, y esto es lo que hacen los poetas, desafiamos los valores culturales e históricos de nuestra sociedad. Para nosotros, esto debe hacerse con el fin de establecer nuestro propio entendimiento islámico de la vida. Esto es importante. Nuestro lenguaje debe reflejar quiénes somos.

Las palabras son ventanas que abren “mundos” ante nosotros. Qué palabras usamos y cómo lo hacemos determina el modo en que vemos el mundo. Formé esta definición del Estado desde la necesidad. No estaba contento con las definiciones actuales, eran demasiado vagas como para crear una identidad o demasiado sesgadas como para reconocer un problema. Todas parecían ignorar lo que yo llamo “el acontecimiento”.

Este acontecimiento es el matrimonio entre la banca y el gobierno que tuvo lugar en algún lugar del pasado. Este acontecimiento fue algo muy importante. Supuso un gran paso evolutivo en nuestra historia y las consecuencias han sido tan grandes que han llegado a nuestros días.

Como resultado de este acontecimiento, cambió la forma en que el pueblo interactuaba con el gobierno, y eso incluía cómo se recaudaban los impuestos, la creación de la deuda, la manera de acumular el capital, el significado de “moneda” e “inversión”, así como muchos otros asuntos colaterales referidos a las bases del comercio y las finanzas entre países.

El mundo cambió para siempre después de este acontecimiento. Y sí, me di cuenta de que nadie le había dado nombre a esta nueva institución, que era, más que un gobierno y más que la banca. Pero no tenía un nombre adecuado, y eso es un peligro, porque, si no puedes nombrar algo, no puedes pensar en ello.


  • Traducción del blog de Sheij Umar Ibrahim Vadillo por Nasim Abdassami Paredes
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1 Comment

  • Maryam Ruiz Fernández

    Quiero dar las gracias al autor de este atículo, pues ha tomado la tarea de clarificar conceptos, que es una de las prioridades que Shayj Abdel Qadir señaló en su texto, “Llamar las cosas por su nombre”.
    Además, nos está invitando a salirnos de la comprensión cotidiana, en la que las interpretaciones de sentido ya están establecidas y asumidas por la generalidad. Por tanto, la palabra no puede ser un narcótico más.
    Si el lenguaje es nuestra casa, de nosotros depende asentarnos en una morada en la cual ya está todo estructurado, comprendido, dicho y, por tanto, la posición interrogante es abandonada; o bien, optar por habitar el riesgo, cuya naturaleza nunca es la seguridad, pues el acontecimiento es indisponible. Esto no significa que estemos en un estado de abandono absoluto, sino, que las cosas pueden suceder de esta o de otra manera, y aquí ya entramos en el ámbito de la responsabilidad, estamos expuestos a ella.
    Tener el coraje de empuñar el proyecto de lo “por-venir”, preparar el camino para que acontezca de otro modo, pues esta es la oportunidad que se nos brinda cada vez que se da una consumanción completa del declive.

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