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El capítulo quinto

El capítulo quinto

febrero 10, 2015 11:10 am0 commentsViews: 23

El capítulo quinto

El busto de d’Artagnan recibe la luz del sol todas las horas del día. Su mirada de bronce vigilante sale a tu encuentro en cuanto penetras en la biblioteca. Tu intención es recrearte con las estampas de la Antigua Grecia, particularmente con las esculturas ideales de Fidias, pero después de haber cruzado tu mirada con la del Mosquetero, tus manos toman de la estantería el tomo primero del libro de Dumas y te sientas a la luz de la lámpara tamizada por una pantalla de cristal verde.

No comienzas por el capítulo primero, sino que tus dedos pasan las páginas, como tantas y tantas veces, hasta el capítulo quinto, cuya escritura irradia la luz de un sol diferente al que penetra por la ventana. Pasados unos minutos de lectura, los recuerdos regresan a ti uno a uno.

Acabas de llegar a París para hacer fortuna sin más capital que los consejos de tu padre que se reducen a uno: un gentilhombre se abre camino solo gracias a su bravura y a su pundonor. La clave está en no temer las ocasiones de actuar; por el contrario, hay que buscarlas.

Tu padre te ha dado también una carta de recomendación para M. De Tréville, capitán de los Mosqueteros del Rey, pero te la ha robado un noble indigno de este nombre que tendrá una gran influencia en tu vida, aunque no lo sabes. Una belleza joven y rubia, de grandes ojos azules y lánguidos, le acompañaba. Es Milady, tu mujer fatal, aunque tampoco lo sabes.

Tu primer día en París es único y prominente entre todos tus días de hombre de acción. En él, tienes una entrevista con M. De Tréville. Este es un gentilhombre llegado como tú del fondo del Béarn sin nada. Gracias a su valentía y a su firme y leal servicio a la Corona ha subido la resbaladiza escalinata de la corte hasta lo más alto, donde el Rey le honra con su confianza. Lo fundamental, sin embargo, no es que haya trepado por la escala del poder y de la riqueza, sino que, en su dominio de la intriga política, se ha mantenido honesto.

Si lo compararas con el Cardenal Richelieu, el hombre que disputa a Louis XIII el poder de hecho en el Reino, verías la línea indeleble que separa las dos clases de hombres que existen, pero es aún demasiado pronto para que te decidas por uno o por el otro. Simplemente, registras en tu mente lo que dice un grupo de mosqueteros que conversan en la antesala de Tréville. Richelieu se ha hecho con el poder y lo mantiene con el genio, la inteligencia política y la voluntad superior de un Borgia, pero como este, no ha dudado ni duda en servirse del asesinato, del robo, de la falsedad y de la manipulación de la justicia para lograr sus fines.

Tu entrevista con M. De Tréville no es sin embargo lo que hace que tu primer día en París sea único entre todos los días de tu vida. Tal y como establece para siempre el capítulo quinto, hay algo mucho más importante.

Al principio del capítulo, no sabes cómo, pero te las has arreglado para retar a duelo a los tres mosqueteros llamados los Inseparables, Athos, Porthos y Aramis. Tienen fama de ser grandes espadas, bravos y temerarios. Por si esto fuera poco, tienen también toda la experiencia que a ti te falta.

De manera que caminas hacia el convento de las Carmelitas Descalzas, el lugar del duelo con Athos, diciéndote a ti mismo que tu muerte es inevitable. Con todo, lo que más te preocupa no es morir, sino el hecho de que Athos esté malherido. También quieres no llegar tarde, de modo que vuelas.

Athos ha llegado primero. Su aspecto de gran señor, digno y tranquilo, te agrada. Comprendes que se ha sentado para aliviar el dolor que le causa su herida. Sin embargo, cuando te ve, se levanta y se adelanta hacia ti cortésmente. Tú le respondes avanzando con el sombrero en la mano, cuya pluma roza la tierra.

Tus primeras palabras son de disculpa por el honor que te hace disponiéndose a luchar contigo herido como está. También añades con naturalidad que dispones de una pomada milagrosa, procedente de tu madre, que le dejará como nuevo en tres días, tras los cuales podrá enfrentarse a ti en condiciones más favorables. La respuesta que te da Athos es digna de aparecer literalmente: “Ya lo creo, señor, su proposición me agrada. Aunque no la acepto, huele a gentilhombre a una legua. Así hablaban con tal valentía en los tiempos de Carlomagno, en los cuales todo caballero debe buscar un modelo. Desgraciadamente no estamos ya en la época del gran emperador. Nos hallamos en la del Cardenal. De aquí a tres días se sabría, por muy bien que se guarde el secreto, que vamos a batirnos y se nos impediría hacerlo”. Tu contestación también merece la versión literal: “Si tiene usted prisa, señor, y quiere despacharme inmediatamente, no se prive de ello, se lo ruego”.

Cuando aparecen por fin Porthos y Aramis, se llevan la gran sorpresa de comprobar que los tres mosqueteros, uno tras otro, van a enfrentarse en duelo con el mismo joven. Por ello, para quitarles todo embarazo, les pides excusas por no poder pagarles su deuda a los tres en caso de que Athos te mate primero. Después de esto te pones en guardia y lo mismo hace Athos.

Sin embargo, en el momento en que vuestras espadas se tocan por la punta, se produce un acontecimiento inesperado. Una escuadra de cinco miembros de la guardia del Cardenal Richelieu aparece por una esquina del convento. Sus órdenes son las de impedir todo duelo.

De la discusión que esta guardia entabla con los tres mosqueteros se deduce que, como señala Aramis, la cosa es imposible. El duelo tendrá lugar, a pesar de la prohibición del Cardenal. La respuesta del jefe de la guardia es igual de imperiosa: están dispuestos a imponerse por la fuerza.

Entonces toma lugar lo más cardinal y extraordinario de tu vida. Uno de esos acontecimientos que deciden la vida de un hombre. Ocurre después de que oyes las palabras que Athos dirige a los otros dos: “Son cinco y nosotros solo tres; nos vencerán, de modo que tendremos que morir aquí”.

Estas pocas palabras bastan para que tomes partido. Se trata de elegir entre el Rey y M. De Tréville, por un lado, y el Cardenal, por el otro. Una elección que no tiene vuelta atrás. Entrar en la liza es ir contra la ley, arriesgar la cabeza, volverse de golpe enemigo de un Ministro más poderoso que el mismo Rey. Este es el panorama que se extiende ante tus ojos, pero no dudas ni un instante.

Te vuelves hacia Athos y sus amigos y les dices: “Señores, con su permiso, quiero referirme a las palabras que he oído. Han dicho ustedes que son tres, pero me parece que somos cuatro”.

– “Pero usted no es de los nuestros”, te responde Porthos.

– “Es verdad –dices–, no llevo el uniforme, pero llevo el alma. Mi corazón es mosquetero, así lo siento, señor, y ello me empuja”.

Tus palabras dejan todo en suspenso. El jefe de la guardia lo aprovecha para interpelarte. No pondrá obstáculo a que quieras retirarte y salves tu piel. Tú no te mueves. Athos estrecha tu mano: “Decididamente, es usted un buen mozo”. Con todo, los tres mosqueteros dudan si aceptar tu ayuda o no. Tu juventud les refrena. Finalmente tú decides la cuestión:

– “Señores, pónganme a prueba, les juro por mi honor que no me iré de aquí si somos vencidos”.

– “¿Cómo le llaman a usted, valiente?” Te pregunta Athos.

– “D’Artagnan, señor”.

– “Pues bien –ordena–. Athos, Porthos, Aramis y D’Artagnan, ¡adelante!”.

 Apartas tu mirada del libro. No es la emoción. Como lector veterano, estás hecho a las emociones fuertes. La luz, tal vez, es demasiado intensa.

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