El arte refleja la sociedad en que se manifiesta

marzo 20, 2014 10:43 am10 commentsViews: 1694

arte

La definición del arte no es ni puede ser precisa. Se trata de un concepto que se ha aplicado a diversas realidades a lo largo de la historia desde una óptica muy concreta, que probablemente los propios “artistas” no compartirían en la mayoría de los casos.

Sin embargo, no cabe duda de que el arte es un elemento consustancial al género humano. El arte no es sino una expresión, al igual que el lenguaje, del simbolismo, esa condición sine qua non para discriminar al género humano del resto de seres vivos del planeta.

Como elemento indisociable del ser humano, el arte no ha sido nunca ajeno, pues no podía serlo, a los avatares de la historia de la humanidad. Así, se ha establecido una dinámica doble en la que la sociedad influye en el arte al tiempo que ocurre el proceso en sentido inverso.

De este modo, por ejemplo, fueron las ideas neoplatónicas que circulaban entre las élites de la Toscana a comienzos de la Edad Moderna las que posibilitaron que Brunelleschi comenzase la búsqueda de la representación de la perspectiva según principios matemáticos y las que dieron éxito a la trayectoria de tal técnica que, como Panofsky expone, no trata ni mucho menos de representar la realidad, sino el mundo platónico de las ideas.

Este no es más que un ejemplo. Del mismo modo, verbigracia, los artistas egipcios pudieron, pues estaban técnicamente capacitados para ello, desarrollar una pintura con gradaciones tonales. Sin embargo, y a pesar de que dispusieron de tres milenios, no lo hicieron. Simplemente, porque no encajaba dentro de su visión del mundo.

La sociedad de hoy en día no es, ni mucho menos, ajena a este principio. Si la perspectiva renacentista respondía a unas ideas de corte neoplatónico, la inmutabilidad de los cánones egipcios a unos deseos de eternidad, o lo telúrico del arte hitita a una concepción de lo divino, lo cierto es que el arte contemporáneo, especialmente el desarrollado desde mayo del 68 hasta hoy está claramente ligado al pensamiento central de nuestra sociedad: el nihilismo.

Es un arte nihilista por muchos motivos, el primero de ellos quizá sea que ni siquiera se trate de arte. Como decíamos, el concepto de arte es amplio y variable, sujeto sin duda a la aparición de emergencias, de nuevas ramas en el tronco. Sin embargo, la de los últimos cincuenta años es tan radicalmente opuesta a todo lo anterior que, si bien no cuesta demasiado entender que un bisonte de Altamira, los frescos de la Sixtina y Las señoritas de Aviñón compartan un mismo concepto, si es costoso encajar en la misma categoría a cualquiera de los ejemplos anteriores con, por ejemplo, un señor arrastrándose en ropa interior por un suelo cubierto de cristales rotos (Chris Burden, Through the night softly, 1973).

Este ejemplo retrata per se la carga de nihilismo que mencionábamos, pues sólo una sociedad y un arte que carecen de base alguna pueden generar algo así. No es un caso único: el mismo Chris Burden pidió a su hermana que lo grabara mientras le disparaban con una escopeta en el brazo (Shoot, 1971); Gina Pane se raja el vientre en cruz (Psyche, 1974); más pacífica resultaba Carolee Schneeman leyendo un texto que iba extrayendo de un rollo albergado en el interior de su vagina (Interior Scroll, 1975).

Todo esto, responde, como decimos, a una sociedad muy concreta, retratada así por Ian Dallas en El ínterin es mío: “El nihilismo es la doctrina central de la sociedad actual, que invita, a quien la suscribe, a completar la aniquilación de forma consciente y no, como ocurre en la actualidad, sumido en la inconsciencia”.

Cabe preguntarse qué ocurre con el arte islámico hoy en día. Como expusimos en un artículo anterior en este periódico, no se puede hablar de un verdadero arte islámico contemporáneo, salvo en algunas excepciones concretas. Y en esto también vemos una correspondencia con un momento social: el que el Islam ha venido arrastrando desde la pérdida del Califato. No puede haber arte musulmán sin sociedad musulmana. En sentido inverso, podemos afirmar que la grandeza y belleza milenaria del arte verdaderamente islámico reflejan fielmente la sociedad que lo produjo en su conjunto.

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