La época demandó

junio 5, 2015 8:39 pm0 commentsViews: 52

La época demandó

¿Quién actualmente puede negar que nuestra civilización esté en crisis? Hemos derivado en una civilización  global, tecnológicamente unificada y movida por las fuerzas de mercado. Se nos ha enseñado a ser pasivos y reaccionarios en respuesta a la “amoral” y “progresiva” cultura global, que desvergonzadamente se refugia bajo términos como libertad de expresión. Su característica principal es el sistema bancario, que ingenió un devastador colapso en la economía global para  después asegurarse una vía de escape internacional a través de nuestros impuestos. ¿Cómo diantres es posible que se les prohibiera a los ciudadanos de a pie hacer lo mismo? Para poder entender lo que ha ocurrido creo que es necesario mirar inocentemente a la contradictoria geopolítica de nuestro tiempo.

Ernest Hemingway lo expresa de forma sucinta en su poema La época demandó:

La época demandó que cantáramos

Y que nos cortáramos la lengua.

 

La época demandó que fluyéramos

Y que martilláramos el tapón.

 

La época demandó que danzáramos

Y que nos calzáramos pantalones de hierro.

Y al final, a la época estuvo manejando

El tipo de mierda que se demandaba.

                   Ernest M. Hemingway. París, 1922.

Boko Haram, ISIS, Charlie Hebdo, los talibanes, Al Qaeda, 9-11, 7-7, 11-M… Nuestro planeta ha retornado de nuevo a un mundo bipolar. ¡El desorden bipolar parece estar a la orden del día! 1991 fue testigo del fin de un orden mundial bipolar -la Guerra Fría- que enmarcó las relaciones internacionales desde 1947 hasta la caída del muro de Berlín y el colapso de la URSS, Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas. Berlín (era una ciudad dividida, separada de sí misma, marcada por un muro, dividiendo el Este y el Oeste, representando la frontera de dos civilizaciones supuestamente opuestas diametralmente) estableció la Cortina de Hierro que separó el civilizado y democrático Oeste del autocrático y comunista Este.

El colapso del otro –el enemigo-, sobre el cual la psicología del moderno Occidente había sido construida, vio a una civilización tropezarse en pos de su contrapunto para reemplazar el tremendamente rentable enemigo que había perdido. Esta resurrección sucedió en cuestión de una década; en 2001, una nueva guerra comenzó, más rentable que la anterior: el nuevo omnipresente enemigo informe sería el Islam. El movimiento extremista, erigido para derrotar con éxito a la Unión Soviética en Afganistán, fue entrenado, financiado y armado por Estados Unidos. Este movimiento –una extensión de la política exterior de Estados Unidos-  resurgiría como el nuevo contrapunto en un mundo bipolar.

De la misma forma que anteriormente la división que se dio entre Oriente y Occidente fue el marco, ahora lo sería el islámico, barbárico, terrorista y misógino Oriente contra el civilizado, iluminado, libre y liberador de las mujeres Occidente. El orden mundial bipolar perfecto había resurgido; y esta guerra sería una candente y perpetua guerra de vigilancia tecnológica, armamento moderno y una cruzada de civilizaciones, la cual sería prolongada por medio de encarcelaciones sin cargos, el recurrir a la tortura, el  bombardeo y la masacre por control remoto y la propaganda debido a que el enemigo es barbárico, terrorista y terriblemente misógino. ¡Cuán diferentes son ambos!

La guerra comenzó con un presidente americano cristiano que afirmaba hablar con Dios y un “renacido” primer ministro británico católico. Ambos mintieron concienzudamente sobre las armas de destrucción masiva, que fueron el pretexto de la guerra que desató el infierno sobre los pueblos de Oriente Medio, Libia, Indonesia, Europa y América. El camino que nos llevó hasta una guerra así resultó ser un camino de mentiras en cadena, decepción e hipocresía que nos envolvió en una guerra, una terrible pero rentable guerra, y cruzada de civilizaciones. El dinero, no obstante, no acabó en los bolsillos de las masas de Occidente. Hemos sido encajados en un mundo de pantalones de hierro y nos han canalizado en una danza macabra; los medios de comunicación cortan las lenguas de aquellos que ansían cantar la grotesca canción de la historia y martillan el tapón que ha de sellar nuestro fluir en una orgía de masacre. ¡El desorden bipolar es una vez más el estado de las relaciones internacionales!

Y al final, a la época estuvo manejando

El tipo de mierda que se demandaba.

¿Cómo puede ser que hayamos llegado a aceptar esta farsa? ¿Por qué ambos protagonistas parecen ser tan parecidos bajo su poco profunda superficie? ¿Cómo diantre hemos acabado atorados en este punto muerto y cómo diantre salimos de él?

Mirando atrás para avanzar hacia delante

El ‘doblepiensa’ se refiere a la capacidad de sostener dos creencias contradictorias  de manera simultáneas y aceptar ambas a la vez. El intelectual del Partido sabe en qué dirección alterar sus recuerdos, por tanto sabe que está modificando la realidad; pero, mediante el ejercicio del ‘doblepiensa’, también se convence de que no está violando la realidad. El proceso debe ser consciente, o no se llevaría a cabo con la precisión suficiente, pero también inconsciente, o conllevaría una sensación de falsedad y, por tanto, de culpa. El ‘doblepiensa’ constituye la verdadera esencia del Socing, pues el acto fundamental del Partido es utilizar el engañoso consciente al tiempo que se conserva la firmeza de las intenciones característica de la honradez. Decir mentiras descaradas creyendo sinceramente en ellas, olvidar cualquier hecho que se haya vuelto incómodo y, luego, cuando vuelva a hacerse necesario, sacarlo del olvido el tiempo que haga falta, negar la existencia de la realidad objetiva y al mismo tiempo reparar en la realidad que uno niega, resulta imprescindible.

Incluso para utilizar la palabra ‘doblepiensa’ hace falta ejercer el ‘doblepiensa’, pues emplearla equivale a admitir que uno está modificando la realidad; mediante un nuevo acto de ‘doblepiensa’, uno borra ese conocimiento y así sucesivamente, de modo que la mentira siempre va un paso por delante de la verdad.

                                                                                             George Orwel, 1984.

George Orwell entendió el mundo contemporáneo perfectamente. Esta acalorada guerra se libra bajo el foco de los medios de comunicación, y ya que la guerra nunca se lucha en el foco de los medios de comunicación, lo que obtenemos es una narrativa de absurdeces diabólicamente contradictorias, improvisadas no en el campo de batalla, sino en un estudio. Las noticias 24 horas al día se han convertido en una dieta diabética de sandeces mediante la cual lo absurdo se imbuye en nuestros conscientes e inconscientes hasta convertirse en un hecho de doblepiensa. El bombardeo de noticias, una tras otra, aturde el pensamiento mediante la repetición erosiva y abre de par en par la psicología del doblepiensa.

Tal es el control de la élite mediática que ha superado la visión de Orwell. El doblepiensa es ahora el pensamiento de las masas; no es algo reservado para la élite. Se ha rebajado a los hombres a creer en sus mentiras deliberadas, olvidando hechos inconvenientes y, al mismo tiempo, recordándolos desde el olvido. Una cruzada por la libertad a manos del Oeste democrático y liderada por una alianza angloamericana causó la marcha de millones de británicos por la capital en protesta; hechos ahora recordados, ahora olvidados, hundidos en el olvido. ¿Por qué mandato democrático se luchó aquella guerra? ¿Y dio la vida tan siquiera uno de los hijos de nuestros líderes?

¿Cómo puede el pueblo aceptar esto? Quizá sea mejor dejar que el genio austriaco Karl Kraus nos hable. Lean su magistral obra de teatro Los últimos días de la humanidad, puesto que él vio claramente cómo los medios de comunicación se convirtieron en poder antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial. Profundamente indignando, escribió su obra sobre la desarticulada, absurda y engañosa traición que fue esa guerra, que convirtió a los Gobiernos europeos en putas de los banqueros y los campos de Francia en un matadero de carne humana, y que, finalmente, condujo a Alemania, endeudada por desagravios, al Tercer Reich y a la Segunda Guerra Mundial, causando el fin de Alemania e Inglaterra como poderes mundiales. Este evento devastador llevó inexorablemente a la irremplazable pérdida de Alemania como corazón cultural de Europa.

La Segunda Guerra Mundial significó el nacimiento del Imperio americano, que aguardó cual hiena hasta que Europa gastó toda su energía y juventud en una masacre desenfrenada para aparecer como la “hiena americana” liberadora. Europa, destrozada, estaba dispuesta a aceptar cualquier término, y los Acuerdos de Bretton Woods fueron la capitulación, humillación y esclavización al orden del Imperio americano, convirtiendo al Imperio británico y a Europa en un Golden Retriever[1] al servicio de su dueño americano. ¿Qué es, si no, la OTAN? Desgarró los mercados protegidos de Europa abriéndolos a mercancía americana, esclavizó al mundo bajo su orden financiera usurera con sede en Nueva York y embelesó al mundo entero con un nuevo centro espiritual de las artes, Hollywood, ya que el alemán, Habsburgo, fue destrozado definitivamente. Nueva York y Hollywood se convirtieron en la nueva Viena. Ya en los años cincuenta Hollywood había colapsado, incapaz de soportar la presión moral de un centro espiritual y cultural. El amor por el dinero desgarró su corazón y el resto del mundo; como su consorte, fue reducido a una puta espiritual. En el año 1961, Hemingway, destrozado, frustrado y desilusionado, se suicidó; su espíritu quebrantado por la traición. Aquí yace el vínculo psicológico. La cultura global hollywoodiense de James Dean continuaría produciendo hombres furiosos, desilusionados y frustrados, y el rasgo que aparece en serie en toda una amplia gama de individuos es el suicidio. Siempre la ira, la desilusión, la frustración y el suicidio. Desde Hemingway hasta Arthur Miller, Mark Rothko, Vladamir Mayakovsky, Hunter S. Thompson, y tanto el fenómeno del asesino escolar en serie como esa innombrable verdad, el terrorismo islámico y los atentados suicidas, no revelan algo diferente al Oeste, sino que desvelan la unidad subyacente de una civilización y psicología global.

El profesor John Gray explora el tema de la profunda unidad psicológica y civilizacional en su libro Al Qaida y lo que significa ser moderno. El coito con la modernidad europea por parte de pensadores musulmanes resultó en el monstruo tipo Frankenstein: el modernismo islámico, cuyo núcleo filosófico es europeo. Estos pensadores, filosóficamente juveniles, vencidos, frustrados y furiosos, vertieron en su núcleo psicológico lo que les parecía un elixir pero que en realidad era una poción tóxica letal que daría voz a una rabia atroz, que solo podría ser aplacada mediante destrucción y suicidio: el colectivo global de un nafs[2] malformado.

Y al final, a la época estuvo manejando

El tipo de mierda que se demandaba.

De forma bipolar parece que nos contemplamos, en el espejo, con mirada fija y confusa; nos hallamos a nosotros mismos y llamamos a nuestro proprio reflejo “el otro”, el enemigo. Entonces masacramos nuestro “otro” con armas, ¿suministradas por quién? Solo los secuaces de los medios de comunicación que sujetan el espejo lo saben. ¿O acaso tampoco ellos lo saben? ¡Pero qué importa! ¿No nos matamos nosotros mismos? No os preocupéis, lavaremos la sangre con petróleo árabe. Pero más vale que nos apresuremos antes de que el petróleo esté tan manchado de sangre que los suministradores bombeen sangre. ¿Quién ha oído hablar de Fallujah y su carne humana caramelizada? ¿Apagar las luces, la calefacción central y la televisión? ¿Dejar de conducir? ¿Dejar de usar nailon, bolsas de plástico y botellas de agua? Antes de cambiar, más vale que sigan muriendo los árabes esos.

¿Te sigue sorprendiendo que también haya jóvenes furiosos, desilusionados y frustrados entre los musulmanes y, particularmente, árabes?

La época demandó

Colapso educacional, cultural y espiritual

El siglo XIX fue el siglo del burguesismo. El poder industrial propulsó su escalada meteórica, su fabulosa riqueza recargó de desmesura su orgullo y crearon una cultura superior, elegante, bonita y trágicamente determinada. Cambiaron Iglesia y religión por espiritualidad y arte, cuyos templos eran el teatro, la ópera, el ballet y las galerías de arte. Celebraban su civilización con museos que entronizaban su mitología del progreso. La religión era el cientificismo positivista, y el camino a su panteón era la universidad. Entre un 3 % y un 5 % de la población europea tenía el privilegio de ingresar en esta clase, que a su vez era la que tiraba del carro de la civilización industrial. La otra parte de esa élite, bien educada, pragmática, trabajadora, rica y dirigida, mantenía una constante alianza con la otra parte por medio de financiar las artes, que pocas veces podían apreciar, ya que solo lo hacían por prestigio. El poder siempre tiene sus convicciones, sin las cuales no sería poder. La doctrina del crecimiento perpetuo, codicia por el lucro sin fin y la certeza del derecho genético para dominar el planeta Tierra les siguió dando fuelle. La usura era el motor de la máquina industrial, la cual no debía ser mencionada. Esta exigía un crecimiento proporcional al contrapunto del crecimiento de la riqueza, la pobreza. Su riqueza creció, sus fortunas crearon lógicamente una estructura dinástica y su doctrina de la meritocracia dirigió su destino hacia su trágica (en el sentido griego de la palabra) raza/carrera.

Su civilización tecnológica necesitaba mentes tecnológicas, por ello fueron forzados a expandir la educación. Ya que la educación era la base de su élite; tuvieron que hacerla más funcional, más pragmática, dejando de lado aquellos aspectos poco lucrativos en ella. La élite educada se expandió así, perdiendo su centro cultural y espiritual en el proceso, cayendo desplomados en la cloaca del espíritu humano privado de su deseo de ascender a los Cielos.

A finales de 1800, la alta cultura que dio razón espiritual a la civilización burguesa estaba completamente en ruinas. La élite en expansión se pasó, hedonísticamente, a la cascada del lucro, el vicio y al abandono del gobierno. Sobre los años cincuenta, se convirtieron en una élite de dinero y no de gobierno y autoridad. El modelo de gobierno cada vez se convertiría más en mera administración. La civilización burguesa llegó así a su ocaso espiritual; los educados de entre ellos se vieron incapaces de salir de su enfermizo pensamiento crítico sin salida. Con la educación de las masas, el descenso de guardería a universidad era global. Los nufús de todos aquellos que crecieron bajo esta estructura mal formadora acabaron con espíritus totalmente retorcidos, estrangulados y marchitos. Su educación/mal formación y la dinámica de la familia burguesa les cerró cualquier opción a sus posibilidades humanas. Lo que sigue a nuestras décadas es un descenso titánico, con certeza en el viaje, certeza sin dirección ni esperanza, vacío, y desesperación espiritual. El barco se hunde y, ¿quién se para a pensar en ello?

Desde Moscú a Ciudad del Cabo y desde Pekín a Nueva York la educación masiva ha engullido la Tierra. Las universidades islámicas, sumisas a la metodología burguesa desde hace ya mucho, propagaron el virus y el paciente se lo bebió contento, de buena gana y frenéticamente.

Boko Haram, ISIS, Charlie Hebdo, Anders Breivik, los talibanes, Osama bin Laden, Andreas Lubitz, Al Qaida, 9-11, 7-7, 11-M… ¡Demonios! ¡Ahora resulta que son todos lo mismo!

Y al final, a la época estuvo manejando

El tipo de mierda que se demandaba.


[1] La Golden Retriever es una raza de perro de caza con aptitudes para el rastreo.

[2] Nafs (pl. nufús), al igual que espíritu y psiquis, deriva de la raíz ‘aliento’. Es el tipo energético o psicológico fijo que desarrolla una narrativa expresando la necesidad de darle sentido al mundo. El nafs se forma por nuestro lenguaje, la sociedad, la relación con los padres y la suma total de nuestras experiencias. Si el patrón del impulso energético y la socialización no están en armonía, el nafs no puede expresarse ni desarrollarse sanamente.

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