El impulso del corazón

mayo 4, 2015 7:49 pm0 commentsViews: 145

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Ya lo dicen los estudios de marketing. La inmensa mayoría de las compras que hacemos en nuestra vida no obedecen a criterios racionales sino a impulsos que son respuestas a deseos insatisfechos. Por eso la publicidad raramente convence con argumentos sino que nos llega al corazón provocando emociones. En las decisiones que tomamos en la vida diaria ocurre otro tanto. “Intuición” decimos, aunque se crea malamente que es un asunto femenino. El anhelo del alma humana no entiende de sexos, edades, razas, estatus, educación, nacionalidad o épocas. La publicidad lo sabe y trabaja con ello. Si ya de por sí somos ansiosos, los profesionales de la comunicación sabemos cómo provocar aún más ansiedad y cómo encaminarla hacia el acto impulsivo de consumir para intentar saciarla, aunque siempre infructuosamente.

Porque así como el miedo a la muerte es el padre de todos los miedos, el anhelo de trascendencia es la madre de todos los apetitos. Del mismo modo que un colgado de nicotina se pone a devorar comida para saciar el síndrome de abstinencia malinterpretando o disimulando las señales que al cerebro le manda su sistema nervioso, nuestra ansiedad vital nos conduce a obsesiones como el consumo, el sexo, las drogas o las apuestas.

Los corazones enfermos conducen a vicios de carácter. ¿Por qué enferman los corazones? Por una falta de afecto primario, normalmente desde la cuna, que en el adulto acaba somatizándose en la creencia de que la vida o Dios nos ha dado la espalda.

Nada podrá consolar al corazón herido pues nacemos con el único propósito de amar y ser amados. Sin eso, la salsa de vivir nunca cuaja y el equilibrio interno salta por la borda.

No podemos alcanzar siquiera a imaginar lo que es la inmensidad del universo y sus misterios ocultos, cuánto menos la esencia de su Creador. Sin embargo, a pesar de ser polvo de estrellas, entidades efímeras e insignificantes sin impacto alguno en las fuerzas que mueven el cosmos, nuestro corazón Lo contiene, como la gota contiene al Océano. ¿No es un tremendo dilema? Nuestro corazón es la clave de bóveda del universo entero; ¿Cómo no va a serlo de nuestro pequeño mundo? Ahí cobran sentido las palabras que abren la obra  Al Hikam de Ibn ‘Ata’ Illah (1259-1309): “Es signo de que con lo que cuentas es con tus propios actos, el esperar menos tras un mal paso”.

Querer practicar la renuncia cuando Dios te mantiene en la búsqueda de la ganancia viene de un apetito inconsciente del alma pasional. Querer entregarte a un modo de vida cuando Dios te ha puesto en la renuncia es rebajarse y renunciar a las aspiraciones elevadas.

Las decisiones anticipadas no atraviesan las murallas del destino.

¡Descárgate de preocuparte por la subsistencia! De aquello que se ocupa Otro por ti, no te ocupes personalmente. El esfuerzo que haces en lo que atañe a lo que tienes garantizado, y tu negligencia en hacer lo que se te pide –amar-, demuestran el oscurecimiento de tu clarividencia.”

No encuentro mensaje más oportuno para los enfermos y desvalidos corazones de nuestro tiempo. Una medicina, la del Amor, que es natural y sin efectos secundarios.

En palabras del poeta Walt Whitman: “¿Qué expresan tus ojos? Me parece que expresan más que todos los libros lo que he leído en mi vida.”

San Agustín lo expresaba así: “Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”.

Ese amor hacia la creación y sus criaturas sólo puede provenir del amor a Dios.

“La medida del amor es el amor sin medida…Dios nos hizo para Él, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en Él” -concluye el santo-.

No hay nada material que pueda saciar el vacío que deja un corazón apagado y ningún discurso es tan poderoso como el que proviene del corazón, aunque carezca de palabras.

‘Ata’ Illah sentencia: “El universo entero es tinieblas; sólo lo ha iluminado la aparición de la Verdad”.

Amar es mejor que opinar; y obrar mejor que hablar.


Fuente: la tribuna del pais vasco

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