De cómo llegué a ser musulmán

septiembre 23, 2014 8:17 am0 commentsViews: 172

David Hernández

En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo. Antes que nada agradezco el interés por mi aceptación del Islam, en realidad no es más significativa que la de cualquier otro hermano o hermana.

Mi nombre es David Hernández, soy de México y tengo cuarenta y cuatro años. A mis escasos nueve o diez años de edad, mi madre, que Dios se apiade de ella, tenía un cuadro colgado en una de las paredes de la sala del apartamento donde vivíamos ella y yo. Era un retrato de perfil de una persona que vestía de forma extraña, con una toalla en la cabeza, y que parecía caminar por el patio de lo que parecía una rara iglesia. Sin saberlo, esa sería mi primer contacto con el Islam; la toalla era un turbante y la extraña iglesia una mezquita.

Mi madre murió cuando yo estaba terminando la Secundaria e iniciando el Bachillerato. Fue una mujer muy trabajadora, pero ya era de la tercera edad cuando yo era aún niño; ella no tenía tiempo ni paciencia para explicarme acerca de Dios; dudo que me bautizara en algún momento, no tengo ningún documento, foto o algo que lo testifique; pero sí recuerdo sus incansables enseñanzas sobre la justicia, la honestidad, el respeto y lucha social. Eso, y mis amigos del Bachillerato me llevaron a buscar en el marxismo una ideología para mi vida, más que una religión o a Dios.

A la edad aproximada de los veinte años, después de haber iniciado estudios de Licenciatura, y debido a la constante insistencia de los cristianos por mostrarme a Dios, decidí demostrar, al menos a mí mismo, que Dios era sólo un refugio psicológico de las personas. Me apasioné tanto por ello que tomé cursos de Antropología Filosófica, Griego, Latín, y la lectura de la Biblia, e incluso suspendí mi carrera por tomar materias extra en la Facultad de Filosofía de la UNAM, después de un par de años; y en base a lo que aprendí en esos cursos supe que jamás podría demostrar la existencia o inexistencia de Dios; de la misma forma aprendí que no hay juicios de razón en el estudio y práctica de la fe en Dios. En mi búsqueda de conocimiento sobre las religiones leí por primera vez la traducción del Corán.

Después de mi fracaso por demostrar la existencia o inexistencia de Dios, atravesé por un problema personal, al que no encontraba ninguna solución, no al menos humanamente, así que me arriesgué a retar  a Dios, pidiendo que si en realidad Él mostraba Sus signos a todos en la creación, y que sólo en Él buscamos Su ayuda, le pedí por la solución a mi problema; yo, en cambio, testificaría mi fe. Le pedí específicamente al Dios del Corán porque en el Dios de la Biblia había mucha contradicción. El mismo día del reto mi problema se encontró resuelto sin yo hacer el mayor esfuerzo. Ésta sería entonces la primera vez que testificaría mi fe en Allah, a mis veintitrés años de edad, por el mes de marzo.

Cuando testifiqué mi fe no sabía de la existencia de ningún musulmán en México. Años después, en 1998, conocí musulmanes en la capital de México, con quienes tomé mi shahada de nuevo, pues aseveraban que la anterior no había sido valida, ya que no había habido testigos musulmanes de ello. Y no sin antes haber tenido otra señal de la existencia de Dios en mi vida, pues mi hija había nacido sana después de todos los malos pronósticos médicos. En ese día me pusieron por nombre Uthman.

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