La plaga islamista

abril 14, 2015 9:11 am1 commentViews: 136

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Cada vez resulta más difícil distinguir entre Islam e islamismo, incluso a los propios musulmanes. ¿Cómo hacerlo si mediáticamente nos bombardean sin cesar tomando los dos términos como sinónimos? Además el islamismo ha secuestrado al Islam de modo que prácticamente los musulmanes no islamistas han sido excomulgados y llevados al cuarto oscuro de los ignorantes y los herejes que esperan su ejecución en la hoguera de la historia.

Afortunadamente hay buenas noticias. Noticias que se anticipan en el Corán cuando dice: “Ha venido la verdad y la falsedad se ha desvanecido. Es cierto que la falsedad se desvanece.” (Corán : Sura 17 Versículo 81).

El islamismo es una doctrina moderna que pretende (sin éxito, como podemos constatar todos los días) modernizar el Islam e Islamizar la modernidad. Su fracaso no es consecuencia de que el Islam y modernidad sean incompatibles, que no lo son, sino porque el Islam escapa al estructuralismo idealista al que el islamismo quiere someterlo.

Lo ilustra un ejemplo entre muchos que podemos observar.

El Islam es Sharia y es Haqiqa. Es decir: externamente es normativo, una disciplina vital, e internamente es un camino de conocimiento de la Verdad. Podemos añadir que eso sucede en todas las vías espirituales. Todas tienen un especto normativo o disciplinario, que incluye una liturgia determinada, además de un aspecto de transformación y conocimiento interior.

Dicen los sabios musulmanes que no puede haber Sharia sin Haqiqa, ni Haqiqa sin Sharia. Lo primero nos llevaría a la rigidez hipócrita y lo segundo a la locura intoxicada. El Islam es, por definición, el camino del medio o la suma equilibrada de ambos aspectos.

Los qadis (jueces) musulmanes no eran elegidos por medio de unas oposiciones o por haber estudiado fiq (derecho islámico) en una prestigiosa universidad islámica. Eran elegidos por su calidad humana, por ser hombres justos. No importaba tanto su conocimiento de la teoría jurídica sino su valía como seres humanos ejemplares. Esa calidad humana garantizaba no sólo que se esforzarían por estudiar la ley, sino por hacer de ella un instrumento al servicio de la Justicia.

Nada que ver con los jueces que tenemos hoy en día, cuyos méritos son medidos en función de habilidades técnicas para superar determinados exámenes. Nadie mide si son corruptos u honestos, si son valientes o cobardes, si son veraces o mezquinos, si aplican la ley sin interferencias políticas. Para estar en un tribunal impartiendo justicia sólo se precisa aprobar una oposición que habilita como funcionario público. Puede ser un monstruo, un pervertido, un psicópata y ejercer perfectamente como juez. Por eso se suele decir que “en el mejor de los casos, en los tribunales de justicia se aplicará la ley, pero raramente se hará justicia”.

El islamista no necesita buscar significado en su vida. Como el alumno que aprende de memoria un texto o una fórmula matemática, no necesita reflexionar sobre lo que recita o practica. De hecho ha creado una estructura que se encarga de llenar de significado todo el entorno por lo que mientras se conozcan las claves de funcionamiento de dicha estructura no habrá ninguna cuestión que deba inquietarle. Las preguntas y respuestas están todas registradas. Cuestionar la estructura es atacar al conjunto de la sociedad, desestabiliza la colmena. En la estructura la calidad humana no es decisiva, lo que es central es el liderazgo y el engranaje de la maquinaria social. El Islam es más bien un estorbo porque incide en lo individual cuando empuja a la búsqueda de significados y al crecimiento espiritual. Por lo tanto hay que reducir el Conocimiento a la erudición, y la búsqueda al acatamiento. La virtud es obediencia. La generosidad es el sacrificio por la estructura.

Esta perversión del islamismo no es casual. Ni siquiera es una especie de evolución decadente del Islam original. Tampoco podemos conformarnos con echar balones fuera y, amarrándonos con fuerza a la Teoría de la Conspiración, pensar que se trata de un complot judio-masónico para implantar el capitalismo como única religión mundial.

El islamismo es la respuesta cómoda al abandono de una disciplina espiritual muy exigente y al alcance de pocos. Es una especie de devaluación religiosa para hacerla alcanzable a las masas. Es la derrota de la nobleza, de la aristocracia espiritual, por el vulgo, el cual aspira secretamente a los privilegios y rangos de los que gozaban aquellos. Para ello adoptan ciertas formas que remotamente recuerdan a la de sus señores pero que nada tienen que ver en su esencia y autenticidad. El islamismo hubiera existido entre los musulmanes sin necesidad de que lo alimentaran los enemigos del Islam. Pero éstos últimos han visto la oportunidad y el juego que da este fenómeno para sus propios intereses y no les ha resultado muy complicado alimentarlo hasta los extremos que hoy conocemos, que son insoportables para la humanidad.

Como ocurre con cualquier plaga que nace, se extiende, agota los recursos y acaba muriendo, el islamismo tiene sus días contados. A su paso dejará desolación y miseria, pero no acabará con el Islam ni con los musulmanes, que se verán reforzados por una purga natural que se repite cíclicamente a lo largo de los siglos.

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